Ando algo liado y dedico poco tiempo al blog; otras tareas más urgentes me ocupan. Pero no quiero dejar de estar presente en este mundillo, no quiero dejar de visitar los blogs amigos aunque sea con menor frecuencia, y subir, de vez en cuando, una entrada a este cuaderno que nos mantiene en contacto. No es que no tenga tiempos para el ocio, pero esos tiempos los dedico a despejar la mente. Y es así que por las tardes practico mi deporte favorito, que, como ya saben los amigos, consiste en patear el monte, que en estas fechas además ha estallado en flores y espárragos, a los que tengo totalmente acorralados.
Un hermoso ejemplar
Pero además de coger los sabrosos espárragos que en el monte crecen, voy cosechando imágenes de esta espléndida primavera. Y entre esas imágenes, la más bella es la de los majuelos, que ahora lucen pequeñas flores blancas que, con el paso de los meses, allá por agosto o septiembre, se transforman en frutos rojos que saben a pan, a pan de pastor.

Fruto del majuelo
Majuelo, majoleto, espino majuelo, espinera o espino albar. Con todos esos nombres es conocido este árbol. En el Romance del Conde Olinos se le nombra como espino albar:
(...)
Guardias mandaba la reina
al conde Olinos buscar,
que le maten, que le maten
y echen su cuerpo a la mar.
La infantina con gran pena
no dejaba de llorar.
Él murió a la medianoche
y ella a los gallos cantar.
A ella, como hija de reyes,
la entierran en el altar
y a él, como hijo de conde,
cuatro pasos más atrás.
De ella nació un rosal blanco,
de él nació un espino albar,
Crece el uno, crece el otro,
los dos se van a juntar.
Las ramitas que se alcanzan
fuertes abrazos se dan
y las que no se alcanzaban
no dejan de suspirar.
La reina llena de envidia
a ambos los mandó cortar.
El galán que los cortaba
no dejaba de llorar.
De ella naciera una garza,
de él un fuerte gavilán.
Juntos vuelan por el cielo,
juntos vuelan par a par.


